La prédica del pastor José Miguel Minaya nos invita a no amoldarnos a los criterios del mundo, sino a renovar nuestra mente y vivir conforme a la voluntad de Dios.
Vivimos en una sociedad en constante cambio. Cada día aparecen nuevas tendencias, costumbres, modas y formas de pensar que rápidamente se convierten en parte de nuestra vida cotidiana. Las redes sociales, la presión por encajar y el deseo de ser aceptados pueden llegar a influir profundamente en nuestras decisiones. Ante esta realidad, la Palabra de Dios nos hace una pregunta importante: ¿estamos viviendo conforme a los criterios de este mundo o conforme a la voluntad de Dios?
En la prédica del domingo 30 de agosto de 2026, el pastor José Miguel Minaya, bajo el tema “No sigas la moda”, tomó como fundamento Romanos 12:2: “No os amoldéis a los criterios de este mundo; al contrario, dejaos transformar y renovad vuestro interior de tal manera que sepáis apreciar lo que Dios quiere, es decir, lo bueno, lo que es grato y lo perfecto.”
¿Qué significa no amoldarse al mundo?
El pastor explicó que cuando la Biblia habla del “mundo” en este contexto no se refiere al planeta en el que vivimos, sino a las costumbres, hábitos, normas y formas culturales de hacer las cosas que pueden apartarnos de los principios de Dios.
No se trata simplemente de preguntarnos si algo está explícitamente prohibido en la Biblia. También debemos aprender a discernir si aquello que hacemos nos conviene, nos edifica y está de acuerdo con la voluntad de Dios.
Como recordó durante el mensaje: “Todo me es lícito, pero no todo me conviene”. Por eso, antes de tomar determinadas decisiones, el creyente debe preguntarse: ¿Esto me edifica? ¿Me conviene espiritualmente? ¿Agrada a Dios?
Podemos estar en el mundo sin pertenecer a sus criterios
El mensaje hizo una distinción importante: como cristianos vivimos en medio de la sociedad, pero no estamos llamados a adoptar automáticamente todo lo que la sociedad considera normal.
El problema aparece cuando comenzamos a hacer determinadas cosas únicamente porque “todo el mundo las hace”. De esta manera, poco a poco podemos terminar adoptando comportamientos, valores y prioridades que contradicen nuestra identidad como hijos de Dios.
El pastor utilizó la imagen de un molde para explicar esta realidad. Así como el hielo toma la forma del recipiente donde se coloca, también una persona puede terminar tomando la forma que la sociedad intenta imponerle si no permanece firme en sus principios.
Por eso, el llamado de Romanos 12:2 es tan relevante: no debemos permitir que el mundo determine nuestra identidad. En lugar de dejarnos moldear por él, necesitamos permitir que Dios transforme nuestra mente y nuestro interior.
El deseo de encajar puede alejarnos de Dios
Uno de los puntos centrales de la prédica fue la necesidad de reconocer cuánto nos preocupa la aceptación de los demás.
A veces vestimos, compramos, hablamos o actuamos buscando la aprobación de quienes nos rodean. Las marcas, los títulos, los bienes materiales e incluso la imagen que proyectamos en las redes sociales pueden convertirse en instrumentos para demostrar nuestro valor.
Sin embargo, la Palabra de Dios presenta una perspectiva diferente. Nuestro valor no depende de la ropa que llevamos, del automóvil que conducimos, de nuestra profesión o de aquello que tenemos. Nuestro valor está en que somos hijos e hijas de Dios y hemos sido comprados por precio de sangre.
Cuando nuestra necesidad de ser aceptados comienza a determinar nuestras decisiones, corremos el riesgo de poner la opinión de los demás por encima de la voluntad de Dios.
No todo lo que es normal es correcto
La prédica también llamó la atención sobre la manera en que determinadas prácticas que antes eran consideradas incorrectas pueden llegar a verse como normales con el paso del tiempo.
El mensaje planteó una reflexión especialmente dirigida a las familias y a la formación de las nuevas generaciones. La pérdida de valores, la falta de respeto, el uso excesivo de los dispositivos móviles, la influencia de las redes sociales y la exposición de niños y adolescentes a comportamientos que no corresponden a su edad son situaciones que requieren atención.
El desafío para los padres cristianos no es simplemente prohibir, sino enseñar, acompañar, supervisar y formar.
El pastor destacó la importancia de recuperar valores y principios, así como de dedicar tiempo de calidad a los hijos. En una sociedad donde las obligaciones laborales pueden consumir gran parte del tiempo familiar, es necesario recordar que la formación espiritual y personal de los hijos no puede quedar relegada.
Cuidado con las distracciones
Otro llamado importante del mensaje fue a no permitir que las distracciones nos hagan olvidar lo esencial.
Las redes sociales, los vídeos cortos, las tendencias y el entretenimiento pueden ocupar una cantidad considerable de nuestro tiempo y atención. El problema no está únicamente en utilizar estas herramientas, sino en permitir que terminen gobernando nuestra vida.
El enemigo puede utilizar diferentes formas de distracción para mantener nuestra mente ocupada y alejarnos de aquello que verdaderamente importa.
Por eso debemos preguntarnos: ¿cuánto tiempo estoy dedicando a las cosas de Dios y cuánto tiempo estoy dedicando a las cosas que simplemente me entretienen?
El mensaje recordó también que, incluso durante las vacaciones y los períodos de descanso, nuestra vida espiritual no debe entrar en vacaciones. Podemos descansar físicamente, disfrutar de un tiempo con la familia y desconectar de determinadas responsabilidades, pero no debemos desconectarnos de Dios.
El amor al mundo y el amor al Padre
El pastor también recurrió a 1 Juan 2:15-17, donde se nos exhorta a no amar al mundo ni las cosas que están en él, recordando que el amor al Padre y el amor al mundo son incompatibles.
Aquí se planteó una definición profunda de idolatría. No se trata únicamente de postrarse delante de una imagen. La idolatría también puede aparecer cuando cualquier cosa ocupa en nuestra vida el primer lugar que le corresponde a Dios.
Puede ser la necesidad de reconocimiento, el dinero, el trabajo, las relaciones, la apariencia, las redes sociales o cualquier otra cosa de la que no estamos dispuestos a desprendernos aunque interfiera con nuestra relación con Dios.
La pregunta, entonces, no es solamente qué hacemos, sino qué ocupa el primer lugar en nuestro corazón.
Santidad significa vivir para Dios
Durante la prédica se hizo énfasis en que la santidad no consiste en una apariencia externa ni en proyectar una imagen religiosa. Ser santo significa apartarse para Dios y vivir buscando hacer aquello que le agrada.
Esto implica morir a nuestros propios gustos, deseos y preferencias cuando estos entran en conflicto con la voluntad de Dios.
La obediencia es, por tanto, una parte fundamental de la vida cristiana. Podemos realizar muchas actividades religiosas, pero el verdadero desafío consiste en vivir una vida que refleje nuestra decisión de obedecer a Dios.
Una invitación a examinar nuestra vida
El mensaje del pastor José Miguel Minaya nos deja un desafío personal: examinar qué cosas de nuestra vida han comenzado a tomar la forma del mundo.
Quizás no siempre sea evidente. Tal vez no se trate de algo que consideremos abiertamente pecado. Pero puede ser una costumbre, una prioridad, una actitud o una forma de pensar que poco a poco nos está alejando de Dios.
Romanos 12:2 nos presenta el camino: no amoldarnos, sino permitir que Dios transforme y renueve nuestro interior.
La pregunta final para cada creyente es sencilla pero profunda:
¿Estoy viviendo para agradar a Dios o para encajar con los demás?
El mundo y sus tendencias pasan. Las modas cambian. Las opiniones de las personas cambian. Pero, como recuerda 1 Juan 2:17, quien hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Que podamos vivir en esta sociedad sin permitir que sus criterios determinen nuestra identidad; que podamos enseñar a nuestras familias los valores y principios de la Palabra; y, sobre todo, que cada día podamos elegir aquello que es bueno, agradable y perfecto delante de Dios.
