Descubre cómo derribar los argumentos espirituales que impiden nuestro crecimiento, aprendiendo a escuchar, obedecer, caminar por fe, cuidar nuestras palabras y aceptar la corrección de Dios.
En la prédica del domingo 6 de septiembre de 2026, el pastor José Miguel Minaya compartió un mensaje bajo el tema “Derribando argumentos espirituales en nuestras vidas”, haciendo un llamado a identificar aquellas excusas, justificaciones, pensamientos y actitudes que levantamos delante de Dios y que terminan convirtiéndose en obstáculos para nuestra vida espiritual.
¿Qué son los argumentos espirituales?
El pastor explicó que los argumentos espirituales son, en muchas ocasiones, las excusas y justificaciones que utilizamos para evitar hacer aquello que Dios nos pide. Son como muros que construimos para no reconocer nuestros errores, asumir nuestra responsabilidad o dar el paso de obediencia que corresponde.
Desde el principio de la humanidad encontramos este comportamiento. Cuando Dios confrontó a Adán por su desobediencia, este señaló a Eva; y Eva señaló a la serpiente. En lugar de reconocer directamente su responsabilidad, ambos presentaron argumentos.
La enseñanza es clara: debemos dejar de buscar culpables y comenzar a asumir nuestra responsabilidad delante de Dios. No se trata simplemente de determinar quién tiene la culpa, sino de preguntarnos qué debemos cambiar nosotros.
Obedecer es mejor que sacrificar
Uno de los textos centrales de la prédica fue 1 Samuel 15:22, donde encontramos la declaración: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios.”
El mensaje no pretende restar importancia a la oración, el ayuno o la congregación. El llamado es a comprender que estas prácticas deben estar acompañadas de una verdadera relación con Dios y de obediencia a su Palabra.
Podemos realizar muchas actividades religiosas y, sin embargo, mantener actitudes que contradicen aquello que Dios nos está enseñando. Por eso, la vida cristiana no puede reducirse a cumplir determinadas costumbres para aparentar que somos buenos cristianos. Dios busca una relación constante y genuina con nosotros.
El pastor relacionó esta enseñanza con Romanos 12:1-2, donde Pablo exhorta a presentar nuestra vida a Dios y a no conformarnos a este siglo, sino a ser transformados mediante la renovación de nuestro entendimiento.
El primer paso: aprender a escuchar
Si queremos obedecer a Dios, primero debemos aprender a escuchar.
Durante la prédica se destacó que muchas veces fallamos no porque no sepamos qué hacer, sino porque no prestamos verdadera atención a la instrucción que hemos recibido. Escuchar requiere una actitud de humildad, disposición y apertura para recibir aquello que Dios quiere mostrarnos.
La obediencia comienza cuando dejamos de responderle al Señor con un “sí, sí, ya lo sé” y realmente prestamos atención a su voz. El pastor lo resumió señalando que cuando escuchamos correctamente lo que Dios nos dice, somos capaces de obedecer; y la obediencia abre espacio para la intervención de Dios en nuestra vida.
En este sentido, Juan 14:15 fue otro de los pasajes destacados: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” Amar a Dios no consiste solamente en decir que le amamos; nuestro amor también se demuestra mediante la obediencia.
No utilices la debilidad como excusa
Uno de los argumentos que el mensaje invita a derribar es: “Dios me ama y Él me entiende.”
Es cierto que Dios nos conoce, nos comprende y nos ama, pero ese amor no debe convertirse en una justificación para permanecer deliberadamente en aquello que sabemos que está mal.
Nuestra debilidad humana no tiene que convertirse en una excusa permanente para desobedecer. El mensaje recuerda que Dios puede trabajar precisamente en nuestras debilidades y llevarnos a experimentar transformación.
La pregunta entonces no debe ser solamente: “¿Por qué soy así?”, sino también: “¿Qué quiere Dios cambiar en mí?”
Una vida de fe
El segundo elemento señalado en la prédica fue la fe.
El pastor recordó las palabras de Jesús en Mateo 17:20, donde se habla de la fe como un grano de mostaza y se afirma que, para quien cree, nada será imposible.
La fe nos permite mirar las circunstancias desde una perspectiva diferente. No significa negar las dificultades, sino decidir que nuestras dificultades no tendrán la última palabra. Frente a un proceso difícil podemos declarar nuestra confianza en Dios y seguir avanzando.
También se recordó el ejemplo de Abraham, quien respondió con obediencia a las instrucciones de Dios, incluso cuando estas implicaban salir de su tierra y someter su propia voluntad. La verdadera fe no es solamente creer intelectualmente; también implica confiar en Dios hasta el punto de obedecer.
Cuidado con las ataduras
La prédica también abordó aquellas situaciones que pueden convertirse en verdaderas ataduras: hábitos, adicciones, pensamientos negativos, actitudes, resentimientos y otras conductas que terminan impidiendo que Dios obre libremente en nuestra vida.
El llamado fue a reconocer esas áreas y entregárselas al Señor. En lugar de decir constantemente “no puedo” o “no soy capaz”, debemos aprender a caminar en fe y creer que Dios puede ayudarnos a cambiar.
El mensaje también advirtió sobre la influencia de nuestro entorno. Las personas con quienes caminamos pueden alimentar nuestra fe o fortalecer nuestros pensamientos negativos. Por eso necesitamos de la iglesia y del cuerpo de Cristo para animarnos, fortalecernos y ayudarnos mutuamente.
Lo que sale de nuestra boca también importa
Un tercer aspecto destacado fue la boca, es decir, aquello que declaramos y repetimos constantemente.
Frases como “nadie me quiere”, “no lo voy a lograr”, “no soy capaz” o “todo me sale mal” pueden terminar alimentando una visión negativa de nuestra propia vida. El pastor animó a reemplazar las palabras que destruyen por palabras que edifiquen y expresen fe.
En este punto se hizo referencia a Salmos 22:3: “Tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de tu pueblo.” La enseñanza fue que, aun en momentos difíciles, podemos escoger alabar a Dios en lugar de vivir dominados por la queja.
Esto quedó ilustrado con uno de los relatos más conocidos del libro de los Hechos.
Pablo y Silas: alabar en medio de la dificultad
En Hechos 16, Pablo y Silas se encontraban encarcelados por causa de su servicio a Dios. Humanamente, aquel no parecía ser un momento para cantar ni para celebrar. Sin embargo, la Escritura relata que oraban y cantaban himnos a Dios.
El pastor utilizó este episodio para enseñar que nuestra alabanza no debe depender exclusivamente de nuestras circunstancias. Precisamente en los momentos difíciles es cuando necesitamos mantener nuestra confianza en Dios.
La prédica recordó que, mientras Pablo y Silas oraban y cantaban, las cadenas se soltaron. El llamado fue a no permitir que los procesos difíciles determinen nuestras palabras, nuestra actitud ni nuestra esperanza.
Preguntarnos qué debemos aprender
Cuando atravesamos un proceso difícil, podemos caer fácilmente en la pregunta: “¿Por qué me está pasando esto?”
Sin embargo, el mensaje propone cambiar esa pregunta por otras mucho más útiles:
¿Qué tengo que aprender?
¿Qué tengo que mejorar?
¿Qué tengo que cambiar?
Esta perspectiva nos ayuda a dejar de justificarnos y comenzar a examinarnos delante de Dios. No siempre podemos controlar lo que sucede a nuestro alrededor, pero sí podemos decidir cómo respondemos y qué permitimos que Dios transforme en nuestro interior.
Necesitamos corrección
Otro de los muros que debemos derribar es la idea de que no necesitamos corrección.
El pastor utilizó el ejemplo de unos lentes para explicar que nuestra propia perspectiva puede ser limitada. Podemos estar convencidos de que vemos correctamente, cuando en realidad necesitamos que alguien nos ayude a ver mejor.
En la vida espiritual, esa “lente” es la Palabra de Dios. El mensaje recordó: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.”
Por eso, necesitamos estar dispuestos a ser corregidos, instruidos y enseñados. Aceptar la corrección no es una señal de debilidad, sino una oportunidad de crecimiento.
El cambio comienza conmigo
Hacia el final de la prédica, el pastor llevó el mensaje a una aplicación profundamente personal: el cambio comienza por nosotros mismos.
No podemos justificar nuestras malas acciones porque otra persona también esté actuando mal. Que alguien nos trate mal no significa que nosotros debamos responder de la misma manera.
La Palabra de Dios nos llama a no dejarnos vencer por el mal, sino a vencer el mal con el bien. Por eso, antes de exigir que cambien los demás, debemos estar dispuestos a permitir que Dios trabaje en nosotros.
Jesús enseñó este mismo principio al hablar de la viga y la paja: primero debemos mirar nuestra propia vida y permitir que Dios nos corrija antes de concentrarnos en los defectos de los demás.
Del querer al hacer
Finalmente, el pastor recordó Romanos 7:18, destacando una realidad que muchos experimentamos: sabemos cuál es el bien que debemos hacer, pero muchas veces no lo hacemos.
Sabemos que debemos buscar a Dios, pero no buscamos. Sabemos que debemos orar, pero no oramos. Sabemos que debemos cambiar, pero seguimos posponiendo el cambio.
Por eso, uno de los llamados finales de la prédica fue a derribar el argumento de la postergación y pasar del hablar al actuar. No basta con saber lo correcto; necesitamos ponerlo en práctica.
Un llamado a derribar nuestros muros
La prédica del pastor José Miguel Minaya dejó un desafío personal para cada creyente: identificar los muros y argumentos que están impidiendo nuestro crecimiento espiritual.
Tal vez se trate de una excusa, una actitud, una palabra negativa, una falta de perdón, una atadura, una resistencia a la corrección o simplemente la falta de disposición para obedecer.
Pero el primer paso no es mirar al que está al lado. El primer paso es mirar nuestro propio corazón y preguntarnos qué necesita cambiar.
Dios nos llama a escuchar, obedecer, caminar por fe, cuidar nuestras palabras, aceptar la corrección y actuar conforme a su Palabra.
Que podamos derribar cada argumento que nos impide avanzar y permitir que Dios transforme nuestra vida. Porque, como recordó el mensaje, si nosotros no cambiamos, nada cambiará a nuestro alrededor.
